Desde mi experiencia desarrollando marcas de todo tipo, tamaño y alcance, pude aprender que la tierra no es solo un recurso, es cultura, tradición y memoria colectiva. Es un elemento único en su tipo, capaz de crear un ambiente en el que conviven manos que han trabajado generaciones por mantener viva su identidad. Pero esto también crea varias preguntas más bien difíciles de responder: ¿Dónde está el equilibrio? ¿Está en el precio o en el valor? ¿En el volumen o en la energía que cada uno aporta?
He podido notar que si no hay colaboración consciente, la riqueza de la tierra puede quedar fragmentada con facilidad. Cuando cada individuo persigue solo su propio trozo, velando por sus intereses personales, se pierde la oportunidad de que los frutos crezcan en abundancia para todos. En mi metáfora, un inversionista es el agricultor que porta la semilla del conocimiento y del capital. Para que esta pueda florecer, primero debe prepararse la tierra sobre la que será plantada. Un proceso lento y tedioso, pero indispensable para las plantas que allí serán colocadas. Todos los proyectos requieren de este tipo de cuidado, igual de lento y tedioso, pero al mismo tiempo igual de importante. Y, sí, incluso un proyecto joven requiere paciencia, constancia y hábitos sólidos.
Regar las plantas, deshierbar el suelo y asegurar la luz del sol son todos ejemplos de atención constante, similares al diálogo y la presencia activa que un proyecto necesita para desarrollarse. La tierra y el agricultor deben trabajar juntos para obtener el resultado deseado, ganando mutuamente. La tierra es cuidada constantemente, mantiene su fertilidad gracias a los cuidados constantes del agricultor. El agricultor, por su parte, obtiene el resultado de cuidar a la tierra en forma de frutos dulces, verduras nutritivas o hermosas flores y hojas creciendo en su tierra.
Del mismo modo, no es extraño encontrar casos en los que distintas empresas de todas partes del mundo invierten en su sociedad y comunidad. Desde proyectos de vivienda y centros culturales, hasta apoyar redes de escuelas. Al igual que el agricultor se encarga de cuidar la tierra para cosechar frutos de calidad, las empresas que se encargan de cuidar su comunidad pueden disfrutar de cosechar frutos en forma de clientes activos y leales. Claro que no siempre es necesaria la intervención de un agricultor para obtener frutos de la tierra, ya que la naturaleza provee de todo tipo de frutos salvajes esparcidos por el terreno de nuestro planeta. No obstante, estos frutos salvajes están lejos de poseer las características y ventajas que poseen aquellos que nacieron a partir de una planta que fue criada y cuidada por un agricultor responsable por su bienestar.
Todo lo anterior nos lleva al concepto de Flywheel. El Flywheel, volante de inercia en español, es una pieza mecánica que nada tiene que ver con marketing. Sin embargo, se ha popularizado un concepto compartido por HubSpot que concibe el volante de inercia, flywheel, como un modelo de negocios basado en el crecimiento de una empresa a partir de la satisfacción del cliente. HubSpot explica que al igual que un flywheel conserva energía mediante el momentum angular, un negocio puede impulsarse utilizando el momentum que genera un buen servicio para el cliente.
La ética, el respeto al cliente y a sus intereses, así como el trabajo social de una empresa son factores que pueden impulsar la anterior mediante la satisfacción del cliente. Una buena reputación impulsa al cliente a difundir una marca, consciente o inconscientemente, y eso es el efecto flywheel, la cosecha de un fruto luego de haberlo sembrado y cuidado, como un agricultor con las plantas en su tierra.